lunes, 21 de julio de 2008

- ¿y? ¿Cómo va eso de la mudanza?

Rita es siempre tan animosa. Su actual yo me hace difícil recordar el tiempo en que me llamaba ebria diciendo que quería tirarse por la ventana.

- Bien, gracias.

He dormido dos días en el suelo. Le dejé mi cama a Mefistófeles como una pequeña compensación.

- ¡Al fin vivirás cerca del mundo!
- Me aterra la idea…
- No seas tan gruñón, Juan, piensa que así estarás más cerca mío.

Rita es de las pocas personas a las que quiero, pero por alguna extraña razón ahora la idea me parece aún más aterradora.
Después de escucharme hablar con el arrendatario por teléfono, Mefistófeles salio corriendo disparado por la habitación. Lo entiendo, yo también estaría molesto si es que tuviera que mudarme en contra de mi voluntad, pero ya está hecho. Voy a mi cuarto y abro el ropero de par en par. La ropa cae al piso. Casi puedo escuchar a Nina diciéndome “¡Porqué eres tan desordenado!” y a Claus riendo. Que cierto es eso de que uno siempre lleva a sus seres queridos con uno. Bajo la maleta negra y comienzo a empacar Al principio doblo todo, pero termino sentado sobre la maleta para que se cierre.
Claus se ve algo triste. Me meto la mano en el bolsillo y le ofrezco un cigarro. Lo acepta sin darse cuenta. Tiene el ceño fruncido –un gusto compartido- y permanece en silencio pensando. No está enojado, solo no entiende.

- Porqué… porqué, si éramos eternos.

El problema es que todos lo éramos. No le digo nada ¿Qué podrías decirle? Yo también he amado. Piensa. Veo como lo atormentan los recuerdos. Llora y se siente

Solo


¿Solo?









Solo







No importa que yo esté aquí. De todos modos me quedo con él, aunque no sirva de nada para combatir su angustia. La verdad casi podría considerarse una descortesía el que uno intenta hacerle compañía a alguien y ese alguien esté tan ensimismado como para ignorarte con tal de seguir en su soledad. Sea como sea, se lo perdono, porque es mi mejor amigo. Por otro lado, somos dos soledades que se acompañan.

Me pregunto porqué no había querido incluir a Nina antes en la novela. Ahora corresponde que yo haga una breve descripción para que los lectores puedan hacerse una idea de este personaje, pero la verdad es que yo mismo dudo comprenderla del todo. No es que sea una extraña, la verdad es que llevamos años juntos, pero jamás deja de sorprenderme. Supongo que no haré la descripción y dejaré que el libro gaste su tinta, en vez de gastar yo mi saliva... o sea… bueno, se entiende.

La cuestión es que no logro comprender porqué no la había incluido antes. Supongo que era por miedo a que esto terminara convirtiéndose en una novelilla romántica. Absurdo, Nina no tiene nada de romántica –Yo tampoco- así que si eso ocurría habría sido culpa mía y no de ella. Uno siempre busca culpables para sus errores, supongo que porque es difícil asumir que uno muchas veces es un gran idiota. De cualquier modo, aunque Nina no haya aparecido en mi novela, la amo igual, la he amado siempre.
Nina no esperaba verme hoy. Me besa. Un segundo de inmortalidad, un segundo de deseo, un segundo de… me suelta. Un segundo de felicidad, y yo quisiera que fueran siglos, pero entiendo, porque ambos somos demasiado pudorosos.

- Pensé que hoy estarías ocupado.
- Toma

Le entrego la cámara. Nina está contenta, pero no me presta demasiada atención. Quizás yo también debería trabajar, así podría dejar de pensar en ella un segundo.

Sus compañeros me miran extrañados. Tampoco esperaban verme.

-¿Dulces?

Siempre es bueno tener un as bajo la manga para desviar la atención de los curiosos. Nina sigue dirigiendo su proyecto audiovisual.
Me levanto, siempre me levanto.
Camino desnudo sobre el piso de madera. Esta es la parte fácil. Abro la puerta de la cocina. Ahí están. Dudo un segundo frente a su presencia amenazadora. Irradian algo, algo horrible. Frente a ellas tomo conciencia de mi vulnerabilidad. ¡Basta, porqué tienen que ser así!

Pongo mi pie descalzo sobre la primera baldosa. Ahora el otro. Uno de estos días, para variar, intentaré avanzar con el mismo pie, así quizás rompa la rutina de alternarlos para caminar.

Cuando uno enfrenta un problema siempre parece más terrible que cuando empieza a solucionarse. Obvio, aunque no tanto, porque uno siempre lo olvida cuando las dificultades aún no se aclaran un poco. Me gusta el cielo gris, incluso más que la noche. Supongo que es por lo mismo. ¿Será mediocridad? Los medios sirven para suavizar la vida. Si no fuera por ellos, viviríamos entre diferencias demasiado radicales que convertirían nuestra existencia en algo demasiado tortuoso. ¿Es mediocridad el amanecer que ya no es noche, pero tampoco es día? Yo diría que es suave.

En fin, volviendo a nuestro tema, prendo el calefón y enfilo al baño. Ducharme, amo ducharme, no puedo empezar el día si no lo hago. Supongo que por eso puedo soportar la tortura de las baldosas, necesito ducharme cada mañana. Una vez le comenté a Rita acerca de mi odisea diaria frente al piso de mi cocina. A la semana siguiente me regaló unas pantuflas. Las mujeres no entienden nada. No comprenden que si uno no usa pantuflas de mutuo propio, jamás las usará, no importa cuantos pares le regalen a uno.

- No importa que digas que es bueno para mí, si yo no lo creo, no lo será.

Como era de esperarse, lo tomó como algo personal.

El baño se llena de vapor. Me gusta el agua bien caliente, como si además de quitarme el sueño, tuviera que quitarme la piel. Soy serpiente.

sábado, 12 de julio de 2008

Suavemente, acariciando ese blanco impasible. Recto, despacio... despacio... El roce empieza a convertirse en un rasguño. Un trazo largo. Giro. Líneas que hablan de un horizonte tan inmenso, tan eterno, que no vale la pena intentar llenarlo. Siempre empiezo por lo protagónico, porque el desafío real se esconde en ese punto de fuga invisible, en ese lugar tan lejano, que el alma descansa cuando la mirada quiere alcanzarlo. El fondo podría comerse todas las montañas y océanos del mundo y seguiría ávido de carbón y tinta, hambriento, inclemente. Insisto, no vale la pena intentar aplacar una codicia de imágenes, paisajes y realidad tan grande como esa.

Una danza breve. Un ángulo recto. Se escapan puntas y redondeces. Cabello, fino como el murmullo de un río, y detallado como la corteza de un árbol. Es una mujer, siempre es una mujer.

Suelo ser muy meticuloso para dibujar. Lo hago para completar la realidad, para escapar del tiempo. Las imágenes, mis dibujos, quedan encapsulados es como si una pequeña parte mía se negara a envejecer.

Hace tiempo que no tomaba un lápiz y realizaba un par de trazos. Ya no soy tan paciente ni ambicioso como antes, y el papel se queja de la falta de practica. En la hoja, los borrones parecen golpes violáceos que evidencian la batalla librada para arrancar las figuras desde mi cabeza, ahora acunadas en una croquera perezosa.

- Será para Nina

Mefistófeles me mira desde la cama. Casi puedo escuchar sus pensamientos: "hablas solo de nuevo". Contesto telepáticamente y vuelve a acostarse. Me cuesta trabajo llevarme bien con la gente. Cuando realmente quiero hacerlo, Dios sabe que me cuesta, y eso que no soy creyente, pero al menos con él -Mefistófeles, no Dios- hemos logrado una comunicación optima y sensata. Con él y con Nina.